Extrañar ser humano

Los seres humanos somos seres sociales. Básicamente necesitamos de los otros para constituirnos, para referenciarnos, para comunicarnos.

En este ir siendo sociales, vamos lentamente olvidando nuestro estado original: la soledad existencial. Así va transcurriendo nuestra vida socializando y exportando emociones, conciencia, conocimiento, destrezas, responsabilidades…

La vida se va asemejando a un gran escenario externo al cual necesitamos si o si ofrecerle obediencia debida de cara a nuestro tiempo, desdibujando nuestra intimidad y esmerilando los límites de lo privado, del mundo particular que nos habita. Cualquiera puede entrometerse en nuestros espacios sin previo aviso con el agravante de ir desarrollando en paralelo una adicción a la “puerta abierta”, cuya fortaleza radica en interrumpir sistemáticamente nuestro ir viviendo. Hoy transitamos tiempos de avasallamiento tecnológico que hace casi imposible darle continuidad a un pensamiento.

El problema radica que la interrupción es enemiga de la construcción del deseo. De manera que casi sin darnos cuenta, nos vamos transformando en seres cuya intensidad de vida se diluye en un diminuto atisbo de anhelo: suave, frágil, vulnerable, volátil y caótico.

Lo cierto es que lo que evitamos invitamos y lo que no atendemos lo extendemos. Se va macerando un proceso interno de insatisfacción no siempre individualizable, a veces solo se presenta como un malestar de contenido difuso e inespecífico.

Con el pasar del tiempo y la ausencia de ese ser deseante nuestras acciones se van haciendo cada vez más transparentes, tanto que vamos perdiendo el brillo en los ojos y entramos en un estado de angustia que limita al norte con la resignación, al sur con el desgano, al este, cerquita del resentimiento y al oeste con la frustración.

Y de pronto, la cuarentena. Un quiebre inesperado. Algo invisible a nuestros ojos, cero condescendiente, que no sabe más que anidar en el descuido, posarse en la imprudencia, que nos arrebata así, de un plumazo nuestra libertad y nos “condena” a permanecer con nosotros mismos por tiempo indefinido.

Entonces, están aquellos que han quedado confinados con sus seres queridos y otros…solos.

Los que viven acompañados ya tienen el enorme desafío de la convivencia full time sin muchos de los aditamentos que la suavizan: la pausa, las actividades individuales, los espacios, la comunicación…etc etc. Aquí se verá un poco lo de en qué lugar interno nos ubicamos desde el cual podemos coordinar acciones con el/la/ otros y qué nos pasa con todo esto. Qué rescatamos de este tiempo juntos donde además necesito algo de soledad, en fin.

Distinto aquellos que viven solos. Se quedan humanamente solos. Digo humana porque tecnológicamente podemos estar acompañados.

Y entonces, ahí estamos. Mucha gente toma este proceso como “un mensaje de la Naturaleza, Dios, para que recapacitemos, etc”…ahora, más allá de la creencia de cada uno, el tiempo que estemos con nosotros mismos es sagrado, profundo, transformador si honramos la oportunidad de crecer hacia adentro, nuestro interior.

Puede llegar a ser un importante tiempo de resignificación, de nuevos entendimientos, de alinearnos con la posibilidad de generar un diseño propio de mundo deseado.

Para ello, necesitamos reconsiderar la importancia de desear. Para qué sirve el deseo? Donde hay deseo hay dignidad, ya que deseo se articula con el propósito y el propósito no es más que lo propuesto, por quién? Por nosotros.

Podríamos decir entonces que el deseo dignifica dado que representa al propósito materializado y simultáneamente el propósito es el deseo enfocado.

La reconexión con el deseo impulsa la vida, la torna compatible con nuestras metas más íntimas de manera que nos saca de ese estado de automatismo que no hace otra cosa que perdernos en un escenario no deseado.

Ahora, el deseo sin propósito es un anhelo. Podríamos decir tal vez que el anhelo es como un deseo que se dejó vencer por la inconstancia, la distracción, la pereza, la falta de significado y solo quedó una versión lavada de emociones vagas. El anhelo es un querer que tiene mas que ver con algo fácilmente disuelto en estímulos de mayor o menor prestancia. Es como pedirle a la voluntad que saque su misma versión pero al 30 por ciento: en definitiva, nuestras acciones no están acordes a lo anhelado. No actuamos consecuentemente.

El deseo por otra parte se sostiene en una conversación privada que dice “mi voluntad de materializar mi propósito es inclaudicable, no se negocia ya que allí me constituyo en el ser vivo y con poder de elección que quiero ser”.

Donde hay deseo hay elección.

No nacimos para accionar en serie…nacimos para accionar en serio, llenos de vida dado que, con o sin virus nuestro destino es la muerte. La concreción de nuestros deseos nos separa de la finitud porque la mente entiende el placer del logro, tanto que despliega en silencio baños intermitentes de sanidad al alma, como rogando que esta experiencia humana no sea devorada por el anonimato que produce la depredadora presencia de la cobardía.

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