La vereda

La vereda sin Don Antonio no es una vereda. En el mejor de los casos sería un cúmulo de baldosas irregulares, descolocadas, puestas por algún osado vecino que en el nombre del rebusque no comulgaba con la armonía.

Don Antonio lleva 67 años viviendo en su casa luego de tener poco más de una década ligada a su infancia en Seclantás, sobre los márgenes del río Calchaquí allí donde Salta es más linda que nunca.

Pueblo de galerías anchas, inviernos muy crudos cuyos vientos parecen llevar aún, las voces de la “junta vallista’, aquella que por 1814 le dio refugio a Belgrano luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Hay rostros que portan en sus surcos la huella de los antepasados, como una forma eterna de recordar las raíces, que hablan, condicionan, forjan y se hunden en dolores sordos que solo el alma puede escuchar. Así es capaz de mirar Don Antonio, de aquí que todo aquel que está cerca de él no puede abstraerse de sentirse en compañía de muchos.

De piernas flacas, demasiadas en relación a su pronunciado abdomen y brazos otrora musculosos, claro, no por gimnasia sino por el duro entrenamiento diario de la construcción. Su cara redonda, marcada con una nariz importante de confines colorados que habla también a las claras de su amistad eterna con el vino de damajuana.

El ingreso de Don Antonio a la vereda ha sido por siempre un misterio para el barrio que nunca llegaba a ver cuando él sacaba la silla de paja para luego, posar su interesante corporalidad muñida de la camiseta blanca sin mangas, pantalones marrones, chancletas y medias azules.

Angelita fue la esposa de Don Antonio hasta hace dos años y medio cuando un cáncer atrevido se la llevó de la vida al álbum familiar, el mismo que Antonio decidió quemar poco tiempo después porque “con Angelita se fueron mis recuerdos más lindos”. Habitaba en él el exilio desértico del duelo.

Angelita era porteña y a pesar de su sexto grado era el tipo de personas que cuando uno las conoce tiende a preguntarse qué hubiera sido de ella con una oportunidad para estudiar. Ojos muy vivos, negros, inquietos con vida propia: miradas llenas de significado.

De familia muy humilde, salió a trabajar desde muy chica en el puesto de flores que la madre tenía en Chacarita. Tal vez allí, la vida le mostró facetas anticipadas a su crecimiento que hicieron de ella un ser sensible y predictivo, tanto que cuando conoció a su “Tony” supo que estaba frente a un hombre con mayúsculas: tan tosco, tan honesto, tan coherentemente corajudo.

Angelita tenía un costado artístico muy marcado: cantaba muy bien y era amante lectora de Cortázar, si. A Tony lo sedujo su alegría, la manera de atropellar adversidades que ella ponía en juego cada vez que la vida le recordaba la dureza, lo áspero del vivir.

En la vereda Don Antonio es parada obligatoria de cualquier vecino que se precie de tal. Su sonrisa es una invitación irresistible a involucrarse unos minutos con la pausa que él transmite desde su panza bonachona. Los chiquitos que corren cerca de él suelen chocarlo con la cabecita aprovechando ese airbag biológico tan tentador para esos enanos incansables.

Cuando Angelita vivía le pedía a su Tony que no duerma la siesta en la pieza de ellos (porque la ventana daba a la calle) ya que Tony roncaba como un compresor. A ella le daba vergüenza.

Entonces, con la excusa que el sillón era más cómodo para servirle el cafecito cuando se despertaba, lo retenía lejos del “qué dirán los vecinos”.

Don Antonio sabía perfectamente la ubicación y destino de cada uno de los habitantes del barrio. Era común en él decirle a quien bajaba del colectivo rumbo a su casa, cosas del tipo “su hijo ya se fue a la maestra particular” o “su esposa acaba de pasar, iba a la tintorería”…

Luego de la muerte de Angelita, todo cambió para Don Antonio. El hombre acusó el golpe. El mismo Don Antonio que supo desafiar a las entrañas mismas del dolor caía por knock out técnico en el round 12. Sus ojos tristes tenían la expresión de quien le pide a la vida “Qué más me vas a sacar?’.

Con la llegada del coronavirus Don Antonio quedó refugiado dentro de las paredes de la larga historia compartida con Angelita. Sus vecinos le dejaban todo tipo de comida en la ventana de su dormitorio. Desde allí ya se veía que Tony había entrado en cuenta regresiva.

Un día la comida amaneció en la ventana.

Cuentan quienes lo encontraron, que estaba en su cama boca arriba, con sus ojos buenos y sus manos grandes y toscas de tanto trabajar sus sueños…allí abierto tenía un papel escrito por Angelita, con letra movida y fecha siete de septiembre de 1972, un aniversario de tantos.

Era un verso de Cortázar y decía “Qué hermoso era saber que estabas ahí como un remanso, sola conmigo al borde de la noche, y que durabas…eras más que el tiempo”. Tuya, Angela.

A Don Antonio no lo pudieron velar por las disposiciones sanitarias.

Cuentan los vecinos, que en algunas noches ventosas de invierno se alcanza a escuchar un murmullo de voces, como de la “junta vallista” y en medio la voz de Tony clarita pidiéndole a Angelita que le saque la silla a la vereda, sin que nadie la vea.

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