Migrantes

El 4 de septiembre de 1949 se celebró por primera vez el día del inmigrante en conmemoración a una disposición que elaboró el mismo día pero de 1812 el Primer Triunvirato patrio.

Un año después, en 1950 mi papá llegaba solo al país, sin un centavo, con su sexto grado a cuestas y la necesidad imperiosa de construir una posibilidad para él y mi mamá que llegó un año después. Porque básicamente el que migra se suma a la esperanza del país elegido, con o sin elección.

Han traído consigo el sudor honrado, el buen ser, valores , respeto, compromiso y gratitud. Así lo experimenté en mi familia inmigrante.

También el desarraigo, la nostalgia, el desgarro, las ausencias, las pérdidas que le han puesto melodías profundas, entrañables al alma migrante y a los descendientes.

No tenían nada y me dieron su todo. Les debo todo. Porque era lo que había y cuando lo que había era poco pero se daba todo, lo poco se transforma en todo.

De nuevo, el espíritu migrante.

De ellos heredé la esencia dadora, constructora, resiliente.

Sus celebraciones eran simples: juntarse a comer y cantar. Sí, cantaban las canciones del pueblo que aparecía en el reflejo de tantos ojos humedecidos. Y se brindaba, aún a pesar de la añoranza de los afectos que habían quedado del otro lado de un océano que no se cruzaba tan fácil como ahora.

El inmigrante conservó más las costumbres originales que los que se quedaron en el pueblo, con la lógica que cada acción remite al recuerdo de una cercanía.

Los humanos solemos estar recorridos por circuitos indescifrables de supervivencia.

Mi madre no extrañaba después de la muerte de su padre. Mi padre sí, mucho. En esa ambigüedad entre la aceptación y la añoranza crecí, con una historia que un día bajó de un barco para quedarse.

Amo el amor que sintieron por esta tierra aquellos inmigrantes. Amor que desconoce la mayoría de la clase política y empresarios que dicen amar a la Argentina.

Amor que desconocen porque nunca se levantaron a las 5 de la mañana a trabajar. Porque evaden impuestos o se apropian de los mismos. Porque han empeñado nuestra tierra sin permiso, la misma que amaron mis ancestros inmigrantes con integridad.

La tierra que no era de ellos, que fue de ellos.

Qué linda era la simpleza de vivir. Esa pureza marcada por el sacrificio.

Dice Spinoza; “Lo mejor que podemos hacer mientras no tengamos un perfecto conocimiento de nuestros afectos es concebir una norma recta de vida, o sea, unos principios seguros, confiarlos a la memoria y aplicarlos continuamente a los casos particulares que se presentan a menudo en la vida, a fin que nuestra imaginación sea ampliamente afectada por ellos y estén siempre a nuestro alcance”.

Yacen en nuestra memoria esas facetas conquistadoras de oportunidades, de avizorar nuevos horizontes, de adrenalina, de vida o muerte. De vivir, solo eso que heredamos de aquellos bravos y sublimes inmigrantes.

No sé si el migrante va o regresa. Solo sé que el presente tiene agujeros por donde el pasado espía, desafiante.

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