No tan oscura

En la noche todo se siente más. Es una suerte de amplificadora de emociones. Las imágenes reales juegan y se confunden con las fantasías y allí nos deja, vulnerables, indefensos e inmersos en silencios llenos de ruidos que vienen del corazón.

Distante la luna, recibiendo una y otra vez la interminable mirada de los incrédulos, los anhelantes, los buscadores de respuestas a priori ensayadas por el olvido.

Será patrimonio de la oscuridad quizás, la invitación a perderse, del soltar amarras, del desgarro inevitable del desapego.

Habrá quienes escriban con vida la cuenta del debe en nombre de lo que se debe. Otros, empujados a dolor emprenderán la marcha asombrosa hacia la incertidumbre que tan bien cobija la noche con sus olores húmedos.

En el día quedarán a la intemperie los caballos del deseo vivaces, esperando la primera estrella para ponerse en movimiento hacia la libertad.

Claro, que como dice Cortázar, la locura no es para todos: hay que merecerla. Tal vez porque allí desenfunda lo genuino, no hay lugar para lo perfecto. Por el contrario, la belleza habita lo imperfecto con el don maravilloso del caos, ese fiel anfitrión de la creatividad, ese ser que recorre el alma sin permisos.

La noche desnuda. Nos deja sin roles y con ojos extensos.

Es difícil no enamorarse de lo imposible y a lo mejor es ahí donde reside el secreto de la noche. Es una tierra sin límites, en ella es posible ver naufragar hasta el más enraizado de los mandatos.

Cuentan, sí, que en las callecitas adoquinadas de la noche los tímidos recitan poesías en voz alta, que se declaran amores eternos, que se develan los misterios del pasado y que salen a rodar ligeros, los recuerdos de la infancia.

Dicen además que han visto personas abrazarse tan fuerte a lo que nunca sucedió que claman la misericordia del comprender. La noche posee habitantes tristes con vocación de alegría. Los melancólicos bailan y cantan llenos de vida y se apuran a vivirlo todo antes del día.

Así relatan unos pocos testigos que almas errantes apenas perceptibles supervisan que nadie muera en manos de algo que no es, de alguien que no está o de lo que no pudo ser. A veces se los ve acurrucarse en alguna cama insomne ofreciendo cierta tibieza que alcanza para seguir latiendo, para volver a levantarse.

Es la noche. Multifacética, con genes de magia, con sensación a infinito. La noche muere lo que el día no se atreve. La noche nos sobrevuela y arroja desprolijas conclusiones que no todos se animan a leer. Será que a la noche nada le importa lo que puedan decir. Es ella, la noche.

En uno de sus rincones se halla un escritor empedernido, atento, alerta, que describe con celosa autoridad cada uno de los impredecibles senderos de la noche. Parece ser que este hombre lleva ya mucho tiempo realizando la ardua tarea de contarle los sueños a aquellos que tocaron la tierra de la magia. Suele hacerlo cuando estos despiertan, con inverosímiles detalles en algunos casos conmovedores y en otros aterradores. Cuando el escritor se distrae con alguna musa que lo visita de improviso, se le escapa algo del mapa por venir provocando un cierto desconcierto en el ser que en vigilia reduce el asombro con las cenizas de la rutina.

Generalmente no pasa a mayores porque para soñar despierto se requiere una cierta destreza para desafiar al destino. Se necesita un sesgo de valentía que solo tienen los que arrojados a un mundo de posibilidades-como diría Heidegger- sellan la impronta de su independencia. La que declaran por lo que aman y desean profundamente.

Para ellos la noche es el día. Nadie les cuenta los sueños, los viven.

Es Ella. La noche. No tan oscura.

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