Sin permiso para Ser

El controlador es un ladrón de autoestimas. Se alimenta de la baja autoestima. Tanto que sólo existe en relaciones, vínculos asimétricos, dado que para controlar tiene que “estar arriba”. Y alguien tiene “que estar abajo”. No hay controlador sin controlado.

El controlador está convencido de qué es lo mejor para vos. El conflicto radica que nunca reconoce un “vos”: es decir, sabe qué es lo mejor para él, de vos.

Controla el que tiene miedo. Miedo a no saber qué hacer en la incertidumbre, a manejarse en la flexibilidad. Tiene miedo a la exposición de sus vulnerabilidades a tal punto que predica lo que padece:” no seas débil, no servís para nada, menos mal que me tenés a mí.”

No acepta un futuro ajeno que no coincida con el suyo. No acepta en general. Por las dudas, no acepta.

La relación de un controlador con su controlado es de manipulación permanente. No permite la independencia emocional entonces castiga o se victimiza.

La diferencia de opinión la cataliza como un “no me querés”. En general son celosos, ya que no se pueden controlar a si mismo, paradójicamente.

Son despreciativos cuando los contradicen. Subestiman y juegan con el poco amor propio del controlado.

La conversación interna que lo recorre es “las cosas son así o no son” y cuando se dice “no son” incluye al ser del otro, que al ser controlado no es.

Son personas que en general ven peligros y amenazas en todos lados, todo el tiempo (debido a su inseguridad), irritables y con una gran culpa a cuestas. Siempre están preocupados por algo, son muy malos para disfrutar.

No se puede ser feliz al lado de una persona controladora.

En cuanto a quien es controlado, demás está decir que es alguien que no se valora, que no se cree merecedor de nada bueno, también inseguro, con una enorme necesidad de ser “aceptado, reconocido” y para quien la opinión del otro es su opinión. Consultan con muchas personas las mismas cosas ya que no están en contacto con su poder de elección y mucho menos decidir. Suelen haber sido maltratados de chicos, rechazados, abandonados. Como siempre, hay excepciones.

 La conversación privada que transita al controlado es “es lo que me tocó, es lo que hay, qué va a ser, peor es estar solo…”

Son grandes justificadores de abusos: “reaccionó así porque yo me equivoqué, si lo contradigo se enoja, me da lo mismo..”

El que controla aísla. El controlado no vive, obedece por acción u omisión.

Hasta que un día el controlado estalla, o toma conciencia, o huye o simplemente decide elegirse para poder Ser. Y empieza un camino de desaprender que lo construye en dirección a  otro paradigma.

El controlador se desequilibra por la rebelión del otro que lo lleva a la frontera con su miedo, allí donde comienza el aprendizaje. Y si se atreve a cambiar se zambulle a un nuevo ir siendo y si no, será descarnadamente devorado por el espejo de su alma, que reflejará una imagen vacía de contenido.

Soltar el control es asumir lo ilusorio de la creencia que somos dueños de algo o alguien. Todo cambia aún aquél que no decide cambiar. El tiempo se ocupa de tapar su obsesión con tierra.

Es muy fuerte para el Universo ver a un controlado: siente que tiene una Ferrari para ofrecernos y nosotros elegimos un triciclo.

Donde te reís, sentís que podés crecer, expandir tus habilidades y talentos, hablar sin temor a ser juzgado, ser genuino 24×7, seduce hasta el silencio: ahí es. Ahí quédate.

El controlador miserabiliza la vida con su poquedad al palo.

El controlado por su parte, la convierte con su “permiso” en un hecho ordinario, chato y de sufrimiento.

La abundancia interna, el poder de verse desde un lugar de posibilidad requiere entrenamiento: es el músculo de la vida, allí donde el alma brilla, reside en su estado natural. 

Roberto Rossi Coach

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